Perspectiva General

Cada cristiano tiene la vocación de hacerse santo.  Este tarea, cuando es tomada en serio y con gozo, involucrando al Espíritu Santo, y en colaboración con las personas que  el Señor ha puesto a nuestra comunidad, permite que vivamos esa vida plena, esa vida abundante, que nos promete la Escritura. 

Uno nunca llega absolutamente a la meta de ser santos, pero si se acerca mas y mas cada, vez que uno aprovecha las gracias disponibles por Dios. (“Aspira a lo absoluto si en lo relativo quieres progresar” Unamuno)

Cada uno de nosotros tiene la responsabilidad de descubrir, iniciar, emprender y continuar la tarea de ser santos. Esta tarea requiere no solamente una semana o un mes; requiere toda la vida. No importa si somos cirujanos o conserjes. No importa si somos pobres o ricos.

Parte de esa tarea es el dialogo continuo con el Espíritu Santo, el cual recibimos originalmente en nuestro bautizo, con más abundancia en nuestra confirmación, y de nuevo, cada vez que el Señor nos lo manda. El Espíritu Santo nos conecta al Padre y a  Jesús, de tal manera que las tres personas de la Trinidad están continuamente orando dentro de nosotros.

Es básicamente reconocer la realidad de la gran batalla, en la cual, cada uno de nosotros, somos llamados a participar, y decidir emprender nuestra participación con todas nuestras habilidades y fuerza, donde tratamos de acercarnos a Dios, y alejarnos del enemigo. Típicamente, el campo donde estas batallas ocurren, está ubicado es en el medio de nuestros dos oídos, es decir, dentro de nuestra propia cabeza, ya que hemos nacido con una inclinación hacia el pecado. Otro aspecto de esta batalla, además de la lucha que cada uno de nosotros enfrentamos dentro de nuestra propia persona, es también el deber de comunicárselo al resto del mundo que nos rodea esta gran realidad.

Debemos reconocer que esta tarea requiere reflexión, oración personal, exanimación de nuestras vidas: asesorar dónde estamos y a donde el Señor nos está llamando. Y para que esto ocurra es muy importante, estar rodeado de una comunidad que permite y anima intercambio: un lugar donde podamos expresar nuestros sentimientos y pensamientos, y también recibir los mismos de los otros miembros de la comunidad.

También tenemos que reconocer que cada uno de nosotros tiene la libertad de abrazar o ignorar esa tarea. Hay tantos caminos que conducen a la nada, es decir, conducen a habitaciones de espera, donde estamos como en “suspensión animada”, donde pasa el tiempo, (y dese luego, nos pasan los años)  pero no cambiamos, o peor aún, retrocedemos.

Repitiendo, el resultado de participar en esta gran tarea es vivir en plenitud. Es la vida abundante que Jesús nos promete en las Escrituras.

 Nota: Parte de este material ha sido inspirado, o adaptado de Para ser Persona, por Xosé Manuel Domínguez Prieto

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